Capítulo 1: En donde se resuelve finalmente la molesta cuestión de la soberanía del Infierno, para satisfacción de algunos; la letra pequeña de la hospitalidad; y en donde se demuestra que, mientras algunos caen, otros son empujados. (Gaiman y Kelley Jones)
De qué va:

Aquí se resuelve la decisión de Sueño y sus primeras repercusiones. La llave es entregada, lo que pese al título del número, no sienta bien a algunos, que se rebelan (imagen). El demonio Azazel no es un invitado en quien esperar una actitud amigable, evidentemente.
Algunas cosas:-Senefruru, que acompaña al hada Cluracan en la primera escena, es el faraón Snofru, padre de Keops.
-Se siguen sucediendo referencias cultas a la antigua mitología: a Odín también se le llama Veratyr, Thor cita, en la página 13, a Niddhod, dragón infernal.
-Remiel culmina su monólogo con una referencia a la oración de Jesús en el monte de los Olivos.
-Es interesante, en aras de la continuidad de la serie, fijarse en detalles como el hecho de que Bats pretenda conocer el paradero del Hermano Perdido de Sandman, asunto, la del Eterno perdido, que será retomado.
-Tras ser derrotado, Azazel es encerrado en un arcón. Entre otras cosas podemos ver que ya guarda el cráneo del Corintio, y, pequeño detalle, una ciudad oriental embotellada. Se trata de Bagdad, y este asunto volverá a las páginas de The Sandman.
Opinando:Bien, tenemos la conclusión del eje principal de la saga. Ya sabemos quién se lleva el Averno y Nuala es finalmente liberada (de Azazel, recordemos).
Dibujo y guión son aquí continuistas, en su eficacia o en sus defectos, así que huelga volver sobre lo dicho: a quien no haya gustado, no lo hará en este punto. A mí me convencen ambos (si bien en toda la saga encuentro composiciones de página o determinados planos enfáticos, fallidos, o gratuitos).
Capítulo 2: en donde nos despedimos de amigos ausentes; amores perdidos, viejos dioses y la estación de nieblas; y en donde damos al Diablo su merecido. (Gaiman y Dringenberg)
De qué va:Conclusión de la saga Estación de Nieblas, se cierra el círculo. Sobre todas las cosas, por encima de los flecos atados y el paisaje final que se dibuja (con Loki liberado y el hada Nuala entregada como presente), este es el capítulo en que Nada y Sueño se reencuentran. Hay disculpas, hay ofertas y soluciones finales que contentan a todos.
Y el diablo descansa en una playa contemplando el anochecer.
Algunas cosillas:
-En la portada de este capítulo (en la imagen) McKean introduce unos ideogramas japoneses que significan: Nueva, Vida, Bebé, y Piernas de Hombre.
En la página 9 el falso Susano cita un Puente Flotante del Cielo. Es el arcoiris, puente celeste o Takamagahara, que es donde habita el panteón sintoista.
-La feérica Corte Invisible es el lugar que habitan las hadas malas, en la tradición pagana.
-Que Lucifer se “retire” a Australia tras abdicar del Infierno, esa enorme isla-carcel del imperio británico, tiene su sentido y es un chiste muy Gaiman, que lo refuerza al concederle, según el paseante con quien habla el Ángel caído, acento inglés.
- El encuentro de Sandman con Nada lo preside un cuadro que remite a la leyenda de la Princesa africana (nº 5)
-Como ya es costumbre, hay que hacer hincapié en que nada es arbitrario en The Sandman, ni siquiera el hecho de que Loki encontrase el modo de escapar de Odin y Thor, debiéndole en ello un favor al rey de los sueños.
Opinando:
Y terminando Estación de Nieblas en un necesario Epílogo. Es momento de contemplar “el día después”, el nuevo Infierno, el destino de Lucifer, el encuentro final de Sueño y Nada, y el destino que para esta reserva Morfeo.
Un cierre que deja con un buen sabor de boca, la sensación de haber leído un relato magníficamente urdido, que ha ampliado el universo de Sandman, su entorno, y ha resuelto algunos cabos que nacieron hace mucho (recordemos que Nada ya aparece en el número 2 de la serie, y que Lucifer, entonces, ya prometía vengarse de Sueño).
También se concretan cuestiones que necesitarán su desarrollo y conclusión, como los asuntos familiares y el “pródigo” de Los Eternos.
En fin, queda al cerrar el ciclo una sensación doble y contradictoria de gran relato cerrado y de un eslabón más en el ciclo de Morfeo. En todo caso, de plena satisfacción.
Eso sí, Dringenberg, que vuelve para cerrar (suyo es también el prólogo) está flojo flojo a los lápices, y el entintado de George Pratto ayuda, más bien al contrario.